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TODO ESTÁ MAL EN OAXACA
Por: Diego Enrique Osorno

Publicado originalmente en Letras Libres (Enero, 2007)


Todo está mal en Oaxaca. Pag. 1 de 13

Viví seis meses en Oaxaca. Ningún día hubo verdadera paz en las calles. Un plantón de maestros -parte del folclor local por los últimos veinticinco años- fue reprimido y terminó por transformar su paisaje de ciudad idílica por el de una zona de guerra de baja intensidad, una comunidad temblando de miedo.

Durante meses, los principales espacios públicos quedaron bajo control de cientos de personajes anónimos que habían estado ahí desde siempre como sombras, fuera de foco, marginados. Las trece radiodifusoras de la ciudad miraron pasar por sus cabinas de transmisión a profesores rurales, amas de casa, dirigentes opositores, profesionistas desempleados y jóvenes anarquistas que repetían una y otra vez estar listos para morir luchando en contra del Estado. Durante los primeros veinte días de secuestro del Canal 9 de televisión (oficial), un grupo de activistas difundió proclamas a favor de la Revolución Cubana y organizó interminables mesas de debate en que se discutía la implantación del socialismo en México.

La gente que estaba al margen del conflicto se refugiaba temprano en sus casas o trataba de no salir nunca de ellas; si era posible se iban a Puebla, al df o incluso Miami, lejos del estruendo de insurrección que se oía cada vez con más fuerza. Por esos días, la muchedumbre expulsó a los políticos de las oficinas de gobierno y los hizo refugiarse en hoteles de lujo y residencias particulares vigiladas por hombres armados. Otros acabaron exiliados en la capital del país, tomando café en barrios calmos y caros como Polanco, desconsolados, esperando a Godot.

Oaxaca se convirtió así en un campo de batalla lleno de barricadas y camiones incendiados por las noches, donde la muerte solía circular a bordo de caravanas con pistoleros pagados por el gobierno para tratar de arreglar la situación.

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